Fundadora

Eugenia González Lafon:

   Madre Eugenia González Lafon

La Rev. Madre Eugenia nació el 9 de febrero de 1876 en la Ciudad de Chihuahua, Chih., en el seno de una familia numerosa, la primogénita de 16 hijos del Sr. Don  Mariano González Treviño, mexicano; y de la Sra. Doña María Lafon Manotú, de origen francés; ambas personas distinguidas y sobre todo, fervorosos cristianos  que supieron sembrar en su hija el ideal de servir a Dios.

Su padre, Don Mariano, trabajó de contador en la Hacienda del Rosario, Parras, Coahuila, hacienda que era de su hermano Don Lorenzo González Treviño, en sociedad con Francisco  Madero (padre de Francisco I. Madero). Su madre, la Sra. María Lafon Manotú, mujer dedicada a las labores del hogar, abnegada y muy cristiana.

  • Fue bautizada  en la Parroquia del Sagrario,  Chihuahua, el  8 de marzo de  1876.
  • Confirmada el 20 de junio de 1887.
  • Primera Comunión el 19 de junio de 1887.

Su niñez fue como la de todos los niños, pero distinguiéndose por su delicadeza, educación, rectitud y sinceridad.

En su juventud fue acrecentando especialmente las virtudes de fidelidad y sinceridad.  Aplicó lo que Santa Teresa decía: “morir antes que decir una mentira”.

Cursó sus estudios en el Colegio de las MM. del Verbo Encarnado de Monterrey,  N.L.

El Señor le concedió gran rectitud y sólidas virtudes, una profunda vida espiritual, una gran devoción  a la Santísima Virgen María, a quien rezaba con mucha frecuencia y amor, era muy asidua a la lectura de libros piadosos y vida de santos.

La  Madre Eugenia tuvo que luchar contra la idea de hacerse religiosa, por un tiempo, pero cuando tomó la decisión de entregar su vida a Dios, comenzaron las dudas de: ¿dónde sería el lugar que el Señor le había destinado?  En esta búsqueda, se dio cuenta de que el camino que le llevaría hasta Dios, pasaba por la Santísima Virgen. Por este motivo, decidió ir con las Religiosas de María Reparadora.

En 1907 se embarcó hacia Roma, donde comenzó su noviciado. Envuelta por un inmenso fervor, hizo voto privado de castidad perpetua el 15 de octubre de 1908, siendo todavía novicia.  Sin embargo, el clima de Roma no fue favorable y la enviaron al noviciado de San Gervasio, cerca de Barcelona, España. Ya desde entonces empezó a manifestarse la voluntad de Dios y tuvo que salir del Instituto de María Reparadora sin haber podido profesar.

Se dio cuenta de que esto era una preparación para lo que el Señor le tenía reservado: la fundación de una congregación.

 En los últimos años su enfermedad fue lenta sin queja alguna, sin pedir nada, ni hacer recomendaciones, solo dijo: “He hecho cuanto pude y todo lo he entregado a quien pertenece”.

Fue una vida de lucha por el Reino de los cielos, marcada siempre con la cruz; por eso durante el tiempo que estuvo en éste destierro, dijo que en su tumba se pusiera la siguiente inscripción: Bueno ha sido para mí que me hayáis humillado, para que aprenda vuestros justos mandatos”. (Sal. 119,75)

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