El inicio ¿una nueva familia religiosa?

No se puede dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta. Tampoco se pueden silenciar las impresiones que engendra una mirada retrospectiva en aquellas obras que, cual el grano de mostaza del Evangelio contando con grandes obstáculos, todo lo supera,  crece y se desarrolla. Así es la obra que nos proponemos sintetizar.

El 25 de diciembre de 1922, fecha magna en los anales del Instituto “Catequistas de María Santísima”, en que se iniciaba una obra en la hermosa ciudad de Querétaro, México, que dará días de gloria para la Iglesia.

Un alma grande, la Reverenda Madre Eugenia, de la Santísima Trinidad, González Lafon, oyó la voz de Dios y a impulso de ese llamado dio comienzo a una nueva familia religiosa.

La Rvda. Madre escogió un maravilloso título para la nueva familia, “Catequistas de  María Santísima”, para trabajar en el Reino de Cristo llevando almas a Él a través de su Purísima Madre teniendo como lema “Solo Dios todo por María”.

Logró unir la vida contemplativa con la vida activa. En la  vida contemplativa, la unión íntima con la Sagrada Eucaristía y con la Santísima Virgen María bajo la advocación de Virgo Fidelis, la Virgen Fiel, que en la escucha de la Palabra y la fidelidad al pie de la cruz se convirtió en Madre de Dios y Madre nuestra.  Y  en la vida activa la enseñanza del Evangelio en todas sus expresiones.

Como obra de Dios, la Madre Eugenia, encontró serios obstáculos que fue resolviendo con la ayuda de la Providencia Divina, y así, el 15 de agosto de 1941 el Excelentísimo y Reverendísimo Monseñor Dr. Don Marciano Tinajero y Estrada, dignísimo Obispo de Querétaro, dio al Instituto el documento que lo constituía como Instituto diocesano y el 15 de agosto de 1948 se otorgó la gracia de los votos perpetuos.  El mismo día, 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de María Santísima, hicieron sus votos perpetuos la Madre  María Eugenia, de la Santísima Trinidad, González Lafon, fundadora y primera superiora del Instituto; la Madre Concepción, de María Medianera, Perusquía Monroy, la Madre Delfina, de María Santísima, Ramírez Romero, la Madre María Carmen, de Santa Teresa del Niño Jesús, Trejo Pérez, y María Ausencia, de Nuestra Señora del Refugio, Ledesma Becerra.

Los fines del Instituto son en primer lugar: dar gloria a Dios mediante la  santificación personal de sus miembros, teniendo como medios la Sagrada Escritura y como centro la Sagrada Eucaristía. En segundo lugar y como fruto de la vida contemplativa tenemos  el apostolado que se vuelve actividad primordial, éste es ejercido no solo por la enseñanza sino, sobre todo, con la vivencia de los consejos evangélicos.